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Viena, años cuarenta del siglo XIX. En el hospital había dos salas de maternidad. En una atendían los médicos y sus estudiantes. En la otra, las matronas. Y pasaba algo que nadie sabía explicar: en la sala de los médicos morían muchísimas más mujeres de fiebre puerperal, una infección tras el parto. Tantas, que había embarazadas que suplicaban que las llevaran a la otra sala. Un médico llamado Ignaz Semmelweis se obsesionó con entender por qué. Y ató un cabo que nadie quería atar: los médicos iban de hacer autopsias directos a atender partos, sin lavarse las manos. Llevaban algo de los muertos a las vivas. Ordenó lavarse las manos con una solución de cloro, y las muertes se desplomaron. Tenía la solución. La tenía delante, medida, funcionando. No le sirvió de nada. No podía explicar el porqué, porque la teoría de los gérmenes todavía no existía, así que sus colegas no vieron una prueba, vieron una acusación. Lavarse las manos significaba admitir que ellos, con sus propias manos, habían estado matando a sus pacientes. Y eso no lo iban a tragar. Lo ridiculizaron, lo apartaron, lo echaron. Semmelweis se fue amargando, perdió el equilibrio, terminó en un manicomio y murió allí, se cree que de una infección, precisamente lo que él había pasado la vida combatiendo. Años después, Pasteur y Lister le dieron la razón, cuando ya no podía enterarse. Lo que me deja esta historia es duro: tener razón no basta. Semmelweis tenía la verdad y tenía los datos, y aun así perdió, porque su verdad obligaba a los demás a verse a sí mismos de una forma que no soportaban. A veces lo que se defiende no es una idea equivocada, es la imagen que uno tiene de sí mismo. Nos leemos en la próxima. Víctor Ilustres Anónimos PD: si esta te ha removido, en el podcast tienes "Eppur si muove", sobre Galileo, y "La cicuta", sobre Sócrates. Los tres pagaron por lo mismo. Es un tema que me persigue. Hecho con ❤️ en Madrid |
Cada semana cuento en el podcast una historia con rigor y con alma. En Notas al pie te mando la cara B: lo que no cupo en el episodio, la historia detrás de la historia y alguna pieza que solo verá quien esté en esta lista.
Mariano Barberán y Joaquín Collar tomaron una decisión antes de despegar de Sevilla que hoy parece una locura: sacaron la radio del avión para ahorrar peso y llevar más combustible. Funcionó de maravilla en el primer tramo, el histórico: Sevilla-Camagüey, 39 horas y 55 minutos, récord mundial de distancia en línea recta para la época. Pero significaba que, una vez despegaran hacia México, nadie en tierra iba a volver a saber nada de ellos hasta que aterrizaran. O hasta que no aterrizaran. Ya...
En 1803 no existía el frío artificial, ni el vidrio hermético fiable para un viaje de meses, ni ninguna forma de mantener viva una vacuna durante una travesía transatlántica. La solución que encontró Francisco Javier de Balmis fue, vista con ojos de hoy, radical: llevar la vacuna dentro de niños, de brazo en brazo, en cadena viva, durante casi tres años y dos océanos. Cada nueve o diez días, cuando a un niño le salían las pústulas, se tomaba linfa fresca y se inoculaba al siguiente. Así, sin...
El 10 de agosto de 1628, medio Estocolmo se acercó al puerto a ver zarpar el buque insignia de la flota sueca. Había viento suave, banderas, público en los muelles. El Vasa desplegó las velas, avanzó menos de una milla náutica, escoró con una racha de viento normal, entró agua por las troneras de los cañones y se hundió en unos veinte o treinta minutos, delante de todo el mundo. No hubo batalla, no hubo tormenta, no hubo enemigo. Solo un barco que no debería haber salido del puerto tal y como...