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En 1901, unos buceadores que recogían esponjas se toparon con un naufragio antiguo frente a una isla griega llamada Antikythera. Subieron estatuas de bronce, monedas, joyas. Y entre todo aquello, un pedazo de metal corroído del tamaño de un libro, sin ninguna gracia aparente. Lo dejaron casi de lado. Ese trozo feo resultó ser lo más importante del naufragio. Con los años, y sobre todo cuando pudieron mirarlo por dentro con rayos X, apareció lo increíble: decenas de engranajes de precisión encajados unos en otros. No era un adorno. Era una máquina de calcular. Servía para modelar el cielo: la posición del sol y de la luna, las fases, la predicción de eclipses, el calendario, incluso el ciclo de los juegos de la Antigüedad. Una computadora analógica, hecha a mano, más de un siglo antes de Cristo. Y aquí viene lo que no encaja. Nada de una complejidad ni parecida vuelve a aparecer en la historia hasta más de mil años después. Mil años. Alguien fue capaz de construir eso, y luego ese saber se perdió, y hubo que volver a inventarlo casi desde cero siglos más tarde. Nos contamos la historia como una línea recta que sube, de lo primitivo a lo avanzado, cada generación un poco por encima de la anterior. El mecanismo de Antikythera es la prueba de que no es verdad. La historia está llena de cimas que se alcanzaron, se olvidaron y hubo que reconquistar. El progreso no se hereda solo. Si nadie lo sostiene, se cae. Y a veces tarda mil años en volver. Nos leemos en la próxima. Víctor Ilustres Anónimos PD: fíjate que esta y la de la Biblioteca de Alejandría cuentan, sin querer, la misma cosa desde dos lados. No lo planeé así. O quizá sí. Hecho con ❤️ en Madrid |
Cada semana cuento en el podcast una historia con rigor y con alma. En Notas al pie te mando la cara B: lo que no cupo en el episodio, la historia detrás de la historia y alguna pieza que solo verá quien esté en esta lista.
Mariano Barberán y Joaquín Collar tomaron una decisión antes de despegar de Sevilla que hoy parece una locura: sacaron la radio del avión para ahorrar peso y llevar más combustible. Funcionó de maravilla en el primer tramo, el histórico: Sevilla-Camagüey, 39 horas y 55 minutos, récord mundial de distancia en línea recta para la época. Pero significaba que, una vez despegaran hacia México, nadie en tierra iba a volver a saber nada de ellos hasta que aterrizaran. O hasta que no aterrizaran. Ya...
En 1803 no existía el frío artificial, ni el vidrio hermético fiable para un viaje de meses, ni ninguna forma de mantener viva una vacuna durante una travesía transatlántica. La solución que encontró Francisco Javier de Balmis fue, vista con ojos de hoy, radical: llevar la vacuna dentro de niños, de brazo en brazo, en cadena viva, durante casi tres años y dos océanos. Cada nueve o diez días, cuando a un niño le salían las pústulas, se tomaba linfa fresca y se inoculaba al siguiente. Así, sin...
El 10 de agosto de 1628, medio Estocolmo se acercó al puerto a ver zarpar el buque insignia de la flota sueca. Había viento suave, banderas, público en los muelles. El Vasa desplegó las velas, avanzó menos de una milla náutica, escoró con una racha de viento normal, entró agua por las troneras de los cañones y se hundió en unos veinte o treinta minutos, delante de todo el mundo. No hubo batalla, no hubo tormenta, no hubo enemigo. Solo un barco que no debería haber salido del puerto tal y como...